Afiliados en acción: Francisco Blanco y María José Mangas, referentes del teatro inclusivo

Boletín UAPEX: Número 2

Abrimos esta nueva sección del Boletín de UAPEX con las entrevistas a nuestros afiliados María José Mangas y Francisco Blanco, dos importantes referentes del teatro inclusivo en Extremadura. Ambos tienen una amplia experiencia como directores y profesores de alumnos con discapacidad visual e intelectual respectivamente. Hacer un teatro accesible, incorporar la diversidad funcional y desarrollar las capacidades artísticas de sus alumnos son parte de la encomiable labor de María José y Francisco en nuestra región. 

María José Mangas.

María José Mangas es una gran impulsora del teatro inclusivo en Extremadura. Desde 2008 hasta la actualidad, dirige al grupo de teatro La Porciúncula, de Badajoz, formado en su mayoría por actores y actrices con discapacidad visual, afiliados a la ONCE, e incorporada a la Asociación Cultural para la Integración en Extremadura (ACIEX). A lo largo de diecisiete años, su formación ha participado en numerosos certámenes, así como en los Festivales de Teatro Clásico de Alcántara y Almagro. En 2013, La Porciúncula recibió el premio MAX Aficionado de las Artes Escénicas a los Grupos de Teatro de la ONCE, un merecido reconocimiento también al trabajo de nuestra compañera por la integración de personas con discapacidad visual en el tejido de las Artes Escénicas.

¿Cómo compensan tu alumnado la pérdida de visión y potencian la escucha integral en el escenario?

Al perder la visión o no tenerla desde la infancia, sus ojos son las manos. El tacto entra en juego, cualquier movimiento corporal propuesto, tienen que tocarlo para reconocerlo y hacerlo. El oído es lo que les da movimiento en escena, pues siempre puedes dirigirte hacia quién te habla, dirigir tu cabeza hacia quién habla o dirigir tus pasos. La escucha como concepto de concentración en lo que está pasando en escena es igual a la de cualquier otro actor o actriz, antes que invidentes son personas y hay que trabajar el vivir la obra sin perder la concentración, ni el personaje.

¿Qué beneficios aporta el teatro como herramienta terapéutica a los actores y actrices ciegos o con discapacidad visual?

A eso no sé bien qué responderte, no soy terapeuta, soy directora de la obra que estemos montando en ese momento. Son intérpretes como cualquier otra persona que vea y supongo que el hacer-jugar al teatro aporta entrenamiento en el juego, trabajas la memoria, juegas a hacer distintos personajes y personalidades, bailas, ríes… Trabajar y ensayar para llevar un poco de alegría e historias por los pueblos siempre es muy gratificante.

Repasar texto, movimientos, entradas y salidas sin poder ver supone una dificultad añadida. ¿Qué necesitan los intérpretes ciegos para memorizar el escenario?

Para memorizar el escenario es necesario y muy importante que, una vez decidida la escenografía, todo esté siempre en el mismo sitio y, si es posible, a la misma distancia, incluido el atrezo. Si lo tienen todo controlado y ensayado, pueden disfrutar del hecho teatral y no ir con miedo de tropezar con algo que esté por el medio. Las salidas y entradas también tienen su truco, claro; estuve en 2008 en el encuentro de teatro de la ONCE en Alicante, estaba con Felisa, una de las actrices ciegas de nuestro grupo, viendo una obra de teatro y ella sintió cómo los ciegos entraban y salían solos de escena, me dijo que ella también lo quería hacer. Cuando terminó la obra fui a preguntar al director cómo lo hacían (yo estaba recién llegada), desde entonces los actores y actrices de La Porciúncula entran y salen sin ayuda. Pero me reservo no decir en alto cómo es, para seguir manteniendo la magia. Por supuesto, si alguien me quiere preguntar por privado estoy encantada de contarle todo lo que quiera saber.

El texto pues adaptado, la mesa de las primeras lecturas no deja de ser especial, textos en braille, textos muy aumentados, textos aumentados, textos menos aumentados, actores o actrices que escuchan porque estudian por audio… en todos estos campos, personalmente un gran aprendizaje continuo.

María José Mangas

¿Cómo te posicionas ante tu alumnado? ¿Desde qué lugar?

Desde el lugar de directora, como con cualquier grupo de actores o actrices. Como ejemplo, una tarde volviendo del ensayo con Felisa Soto —la misma actriz de antes—, me dijo: «¿Sabes por qué me gustas? Porque me tratas como si no fuera ciega». Cuando entro en el ensayo estoy con actores y actrices, no lo entiendo de otra manera.

Diecisiete años como directora de La Porciúncula, se dice pronto. ¿Ha habido algún acontecimiento o momentos especialmente emotivos que te gustaría compartir?

Por desgracia, recuerdo algunos teatros con bastantes dificultades y que nos han dado más de un susto. La sociedad —y con esto quiero decir nuestros teatros públicos—, tienen bastantes deficiencias de adaptabilidad.  Incluso los de reciente construcción. Por ejemplo: meten rampas que llegan a un hombro del escenario y alguien que no ve, al salir de escena se puede caer; bajada a camerinos que no tienen ni barandilla… Trabajamos para que todo el mundo pueda hacer teatro, pero tienen que hacer teatros dónde todos y todas podamos estar con seguridad.

¿Algo más que decirnos?

Un beso y un saludo a los amantes del teatro.

Francisco Blanco

Francisco Blanco es actor, director y pedagogo teatral. Fundador de Teatro del Agua y coordinador del proyecto inclusivo Espaciotrece, donde desarrolla un trabajo centrado en la creación colectiva, la escucha y la presencia. Ha dirigido numerosos procesos con grupos diversos y combina la creación escénica con la formación, buscando siempre unir arte, comunidad y humanidad.

Hablar con Francisco Blanco es asomarse a un modo de hacer teatro donde lo humano va por delante de lo artístico y donde lo artístico florece precisamente por eso. Director, actor, pedagogo y creador incansable, lleva años trabajando con el proyecto inclusivo Espaciotrece, donde conviven cuerpos, voces, ritmos y mundos muy distintos.

No habla desde la épica ni desde la teoría, sino desde la práctica diaria.

¿Qué has descubierto sobre el lenguaje escénico y la comunicación emocional al dirigir a personas con distintas capacidades? ¿Qué te ha enseñado sobre la esencia de comunicar desde el cuerpo, la mirada o el silencio?

Lo primero que he descubierto —y diría que ha sido una de las mayores lecciones de mi vida profesional—, es que lo esencial del teatro no está en lo que decimos, sino en cómo estamos. Cuando trabajas con personas con distintas capacidades, el lenguaje escénico te obliga a despojarte de lo accesorio, de esa tendencia a explicarlo todo, a rellenar los huecos con palabras, conceptos o tecnicismos. Ellos te llevan, casi sin querer, a una escucha mucho más profunda, más honesta.

Me he dado cuenta de que la emoción verdadera se transmite cuando el cuerpo está disponible, cuando la mirada está presente y cuando el silencio no es un vacío, sino un espacio habitado. Muchas veces, en un ensayo, alguien hace un gesto torpe o inesperado y, de repente, ese gesto tiene una verdad brutal, una potencia que no se consigue con técnica. Y ahí pienso: Esto es el teatro, esto es lo que a veces olvidamos cuando nos enredamos en lo formal”.

Hay miradas que cuentan más que cualquier monólogo. Hay silencios —silencios reales, no los que marcamos en el guion— que están llenos de emoción, de historia, de vulnerabilidad. Trabajar con ellos me ha enseñado que la comunicación emocional no necesita ser entendida… necesita ser sentida.

También he aprendido que la expresividad no tiene por qué ser homogénea. Hay quien se mueve poco, pero tiene una mirada que traspasa. Hay quien habla mucho y rápido y quien solo puede decir dos palabras… pero esas dos palabras llegan de una manera que desarma. Todo eso te obliga como creador a no imponer tu idea de cómo debe ser un cuerpo en escena, sino a descubrir qué trae cada cuerpo, qué lenguaje trae cada mirada, qué ritmo trae cada respiración.

Diría que lo que más me ha transformado es que ellos me han devuelto al origen. Me han recordado que el teatro empieza por lo simple: estar, mirar, escuchar, respirar.

Y desde ahí, comunicar. Lo demás —los textos, la técnica, la precisión— viene después. Y viene mejor.

¿Cómo se entrena la paciencia, la empatía y la capacidad de conexión dentro de un grupo tan diverso? ¿Cómo se genera esa confianza dentro de Espaciotrece? ¿Qué papel juegan la vulnerabilidad y el cuidado mutuo en la creación artística?

Cuando digo que el trabajo inclusivo requiere un alto nivel de escucha y presencia no es una frase bonita: es algo que he aprendido a base de ensayo, de error, de detenerme, de respirar y de mirar más despacio. En un grupo tan diverso, la paciencia no es una virtud… es una práctica diaria. Y no es una paciencia paternalista, de “esperar a que el otro llegue”, sino una paciencia activa, comprometida: acompañar el proceso del otro, respetar su ritmo y no imponer el tuyo.

Creo que la empatía nace de ahí, de esa disposición a entender que cada persona parte de un lugar distinto, que hay días buenos y días de nubes, y que todos —también yo—, tenemos limitaciones y fragilidades. Cuando aceptas eso, el trabajo deja de ser jerárquico y se convierte en un territorio compartido.

La confianza en Espaciotrece se ha construido desde la coherencia. Si digo que pueden fallar, tengo que permitir el fallo de verdad. Si digo que su voz importa, tengo que escucharla aunque no sea la que yo esperaba. Si digo que estamos para apoyarnos, tengo que estar yo también cuando me necesitan. Esa constancia es la que crea un espacio donde la gente se siente segura para intentar cosas nuevas, para abrirse, para equivocarse sin miedo.

Y ahí entra la vulnerabilidad, que para mí ha sido un descubrimiento precioso. En muchos contextos teatrales se nos enseña a “estar fuertes”, a controlar, a sostener. Aquí ocurre lo contrario: cuando alguien se emociona, cuando se bloquea, cuando duda, cuando se ríe a destiempo… ese momento de fragilidad nos une más. Porque es real. Porque nos reconoce como seres humanos antes que como intérpretes.

El cuidado mutuo, además, no es un añadido sentimental: es una metodología en sí misma. Cuando en un ensayo una persona acompaña a otra a colocarse en escena, cuando esperan a que alguien complete su frase, cuando se celebran un gesto, una mirada o un mínimo avance… ahí se está creando teatro. Y se está creando comunidad.

Yo siempre digo que en Espaciotrece la escena no empieza cuando decimos “acción”: empieza cuando entran por la puerta, cuando se saludan, cuando se preguntan cómo están. Ese tejido invisible es lo que permite que luego, en el escenario, pase algo auténtico.

El cuidado mutuo convierte un grupo en un coro, un coro en un equipo y un equipo en un espacio de creación.
Sin ese cuidado, no habría Espaciotrece.

¿Qué tipo de recursos o metodologías utilizas para que todos los miembros del grupo se sientan verdaderos creadores e intérpretes? ¿Cómo se fomenta el sentido de pertenencia en el proceso teatral?

Para mí es fundamental que cada persona del grupo sienta que su presencia importa. No solo que “viene a un taller”, sino que forma parte de un proceso creativo real, donde lo que hace tiene valor. Y eso se consigue desde la práctica diaria, no desde los grandes discursos.

Trabajo mucho desde el juego, entendido no como algo infantil, sino como un espacio de libertad y de descubrimiento. El juego rompe tensiones, quita miedo y coloca a todo el mundo en un lugar más disponible y verdadero. A partir de ahí, introduzco pautas muy simples: desplazamientos, repeticiones, imitaciones, pequeñas improvisaciones físicas… Cosas que cualquier persona puede hacer, pero que permiten que cada una deje su propia huella.

También uso mucho la creación colectiva. No traigo todo decidido. Propongo estructuras, imágenes, impulsos, y dejo que el grupo lo transforme. A veces una escena nace de un gesto torpe, de una palabra mal dicha o incluso de un silencio incómodo. Y eso es lo maravilloso: que la dramaturgia se va tejiendo desde lo que aparece, no desde lo que yo tenía planificado en mi cabeza.

Intento que las indicaciones nunca sean abstractas. Uso imágenes concretas, situaciones cercanas, referencias físicas o emocionales que puedan sentir en el cuerpo. Si alguien encuentra su manera de expresar algo, aunque sea diferente a la mía, yo la recojo. No corrijo para uniformar; acompaño para profundizar.

El sentido de pertenencia surge cuando ves que tu aportación es escuchada y respetada. Por eso siempre intento que cada persona sepa que tiene un lugar, que su voz cuenta. No obligo a nadie a exponerse, pero si alguien quiere probar algo, se le abre espacio. Cuando una propuesta del grupo entra en escena, aunque sea algo pequeño, la sensación de pertenencia crece de manera enorme: eso lo hice yo”, eso salió de mí”. Y eso, para muchas personas que no han tenido espacios donde expresarse, es decisivo.

Otra herramienta muy importante es compartir el proceso, no solo el resultado. Antes de empezar un ensayo, solemos hablar un poco: cómo estamos, qué necesitamos hoy, qué nos apetece trabajar. Después, a veces comentamos lo que ha pasado, lo que nos ha sorprendido, lo que ha sido difícil. Ese pequeño espacio de conversación genera comunidad. Ahí se sienten parte de algo, no “usuarios” ni “alumnos”.

El teatro se vuelve un lugar donde convivir, donde reír, donde equivocarse sin miedo, donde encontrar apoyo. Y cuando todo eso se da, lo artístico aparece solo: crean porque se sienten parte; interpretan porque se sienten acompañados; avanzan porque saben que no están solos.

¿Cómo haces para que te comprendan en el trabajo diario? ¿Qué estrategias utilizas para traducir una idea abstracta o una indicación técnica en algo que todos puedan entender y sentir?

Cuando trabajas con personas con discapacidad cognitiva, la comunicación tiene que ser muy precisa y muy empática a la vez. No vale con hablar mucho ni con dar grandes explicaciones. A veces, cuanto más explicas, menos llega. Ellos necesitan claridad, sencillez y, sobre todo, honestidad en la manera de dirigirte a ellos.

Mi primera estrategia es usar imágenes concretas, cosas de la vida cotidiana. En lugar de decir “entra con más intención”, digo algo como: Imagina que estás buscando a alguien que te importa mucho”. O en vez de abre el gesto”, uso: Haz como cuando abres la ventana por la mañana para respirar mejor”.

Son imágenes que cualquiera puede sentir en el cuerpo. La abstracción se vuelve física, tangible.

Otra herramienta fundamental es mostrar, no solo decir. Si yo hago el gesto, el ritmo o la actitud, lo captan enseguida. La demostración es directa, no pasa por filtros intelectuales. Y además genera algo precioso: una comunicación muy humana, muy de igual a igual.

También uso mucho la repetición orgánica. Repetimos una acción varias veces hasta que se vuelve natural. No importa si el día uno es torpe o caótica; el cuerpo, poco a poco, lo va asimilando. La repetición les da seguridad, estabilidad y estructura.

Además, me esfuerzo en hablar siempre desde un lugar de cariño y respeto. A veces una frase suave, una mano en el hombro o una mirada clara dicen más que cualquier explicación. Si sienten que estás con ellos, que no hay prisa, que no hay juicio, entonces entienden mejor. La comprensión nace también de cómo te colocas emocionalmente ante ellos.

Y hay algo muy importante: no intento que todos entiendan lo mismo, sino que cada uno entienda “su manera” de interpretar algo. Si una indicación la reciben de formas distintas, eso no es un error: es diversidad expresiva. Yo recojo esas diferencias, las observo y veo cómo integrarlas en la escena.

La técnica, en este tipo de trabajos, no es una herramienta para uniformar, sino para acompañar. Adaptar el lenguaje no significa simplificar ni infantilizar; significa encontrar la manera de que la expresión de cada persona pueda salir a la luz sin tensión.

Al final, lo que más funciona es la combinación de tres cosas: claridad, presencia y afecto. Desde ahí, cualquier indicación —por técnica que sea—, puede convertirse en algo vivo, comprensible y sentido por todo el grupo.

¿Qué le dirías a un actor o directora que siente curiosidad pero también inseguridad ante la idea de iniciar un proyecto inclusivo? ¿Por dónde se puede empezar sin caer en la condescendencia o el miedo al error?

Lo primero que diría es que esa inseguridad es absolutamente normal. Nos pasa a todos. A mí también me pasó la primera vez. Creo que una de las trampas del oficio es pensar que, como actores o directores, tenemos que “saber” de todo, tener respuestas para todo, anticiparlo todo. Y el trabajo inclusivo te muestra que eso no es verdad. No se trata de tener todas las herramientas, sino de estar dispuesto a aprender otras.

Yo siempre digo lo mismo: no hace falta prepararse años ni tener una formación específica para empezar. Hace falta, sobre todo, una actitud: respeto, escucha y honestidad. Si te colocas ahí, ya estás en el camino correcto.

El miedo a “no saber cómo hacerlo” se disipa muy rápido cuando te das cuenta de que la mayor parte de este trabajo nace de la relación directa con las personas. No de la teoría, no de las técnicas, no de los manuales. De mirar de verdad. De estar disponible. De permitirte no tener prisa.

Lo que sí recomiendo es empezar desde el juego y desde ejercicios muy sencillos. El juego nivela a todo el mundo, elimina jerarquías, flexibiliza los cuerpos y abre un terreno común donde nadie está por encima ni por debajo. El juego es un idioma universal. Y ahí, en ese espacio, desaparece la condescendencia, porque todos nos volvemos niños, curiosos, torpes a veces, creativos siempre.

El otro punto importante es no tener miedo a equivocarte. Te vas a equivocar, claro que sí. Yo me equivoco en casi todos los ensayos. Pero en este tipo de trabajo el error no es una catástrofe, sino un material más. Ellos no esperan perfección ni discursos sofisticados; esperan autenticidad. Si te ven nervioso, lo entienden. Si te atascas, te ayudan. Si no te sale algo, se ríen contigo. La escena se vuelve más humana, no menos profesional.

Y, por supuesto, es fundamental no infantilizar. No hablar “como si” no fuesen capaces. No adelantarte a sus dificultades. No hacer el trabajo por ellos. La condescendencia es una falta de respeto, aunque venga de la buena intención. El punto de partida tiene que ser siempre: estamos aquí para crear juntos, no para que yo te cuide ni para que tú cumplas con mis expectativas.

Empezar por un proyecto inclusivo te hace mejor artista y mejor persona, porque te obliga a revisar tus propios prejuicios, tus impulsos, tus formas de comunicarte. Te abre preguntas nuevas. Y te coloca frente a un teatro más honesto, más vivo, más humano.

Así que, a quien tenga curiosidad y miedo a la vez, yo le diría: ve despacio, escucha mucho, juega, ríete, y permítete no saber. Lo demás —lo esencial— aparecerá solo.

Después de estos años de experiencia, ¿qué te ha mostrado Espaciotrece sobre el poder del teatro como lenguaje universal? ¿Qué nos recuerda sobre lo que realmente significa comunicarnos como seres humanos en escena?

Lo que me ha mostrado Espaciotrece, más que ninguna otra experiencia en mi vida, es que el teatro es un idioma que todo el mundo puede hablar… aunque no use las mismas palabras. Cuando trabajas con personas tan distintas —cuerpos diferentes, ritmos diferentes, maneras de entender el mundo distintas— te das cuenta de que lo esencial de la comunicación no está en lo que dices, sino en cómo te colocas delante del otro.

He comprobado que el teatro es un lugar donde las diferencias no restan: sumar miradas, sumar sensibilidades, sumar límites incluso, termina creando un espacio más amplio, más interesante, más verdadero. Y eso solo pasa cuando las personas pueden ser ellas mismas en escena, sin que nadie intente moldearlas a una única forma “correcta” de expresarse.

En Espaciotrece he visto cómo alguien que habla muy poco puede emocionar con solo levantar la cabeza. Cómo un gesto sincero, torpe incluso, puede tener una potencia poética inmensa. Cómo un silencio compartido puede unir más que cualquier discurso. Y eso te deja claro que el teatro no es un ejercicio técnico: es un acto de presencia.

Creo que trabajar con un grupo tan diverso te obliga a recordar lo que ya sabías —o creías saber— sobre la comunicación humana, pero desde otro lugar. Te recuerda que para que dos personas se entiendan no hace falta que hablen igual, sino que se escuchen. Que para confiar no hace falta ser idénticos, sino estar disponibles. Que la escena no es un sitio donde mostrar perfecciones, sino donde celebrar la verdad de cada uno.

Y hay algo más: verlos trabajar desde su autenticidad te devuelve a ti la tuya. Te quita capas, te desarma de artificios, te recoloca en un sitio más honesto. Te recuerda que comunicar en escena no es “hacer un personaje” ni “decir un texto”, sino encontrarse con el otro y dejarse afectar.

Después de estos años, si tuviera que resumirlo en una frase, diría que Espaciotrece me ha enseñado que el teatro no es universal porque todos lo entendamos del mismo modo, sino porque todos podemos sentir algo cuando la verdad aparece delante de nosotros. Y esa verdad puede venir de cualquier cuerpo, de cualquier mirada, de cualquier persona.

Espaciotrece me recuerda cada día que la esencia del teatro no está en la perfección técnica, sino en la humanidad compartida. Y que cuando eso aparece, la escena se llena de una fuerza que va más allá de lo artístico.

El trabajo en inclusión no solo transforma a los intérpretes: nos transforma a nosotros como creadores. Te obliga a mirar sin filtros, a escuchar de otra manera, a descubrir lo que pasa cuando un grupo decide confiar de verdad.

Espaciotrece es una lección continua de humanidad, arte y presencia. Y si algo he aprendido es esto: cuando miras a otra persona sin prisa, sin juicio y con curiosidad… algo en ti cambia. Y ese cambio también es teatro.

Agradecimiento

Quiero agradecer a UAPEX el interés por dar espacio y voz al trabajo inclusivo dentro de nuestra profesión. No siempre se mira hacia estos procesos con la profundidad y la sensibilidad que merecen y que exista esta conversación ya es un paso enorme hacia un teatro más abierto, humano y diverso.

Gracias por escuchar, por preguntar con respeto y por permitirnos mostrar que la inclusión no es una etiqueta ni un “extra”, sino una forma de hacer teatro desde la verdad de cada persona. Ojalá esta entrevista sirva para que más compañeras y compañeros pierdan el miedo, se acerquen a estos procesos y descubran —como me pasó a mí— que el teatro se ensancha cuando lo creamos entre todos.

Un abrazo y mi agradecimiento sincero.
Francisco Blanco